Llevo tiempo tratando de sentarme a escribir esto. Es difícil, no sólo por la complejidad del asunto, sino también porque estamos en las fiestas decembrinas que nos involucran a todos así no seamos católicos, ni cristianos, ni tengamos dinero para dar regalos. Pero todo sea por mi madre que nos reunimos; por que ya ni mi hermano menor cree en el niño dios, ni en el papá Noel, ni nada por el estilo, aunque se empeñe en seguir aparentándolo, pues le resulta lucrativo al momento de recibir los regalos.
Con esta tradición cristiana occidental nos excusamos para hacer muchas cosas, como comer y beber más de la cuenta, y dejar de lado la rutina, tradición occidental también, que llevamos sagradamente por todo un año. De este modo he dejado poco a poco de lado muchos asuntos y me he dedicado a engordar con los platos navideños, el alcohol y la locha.Uno de mis proyectos, el más urgente, se ha ido postergando. Es la marcha indígena a la que un día asistí, pero esta raíz mía no cuadra bien en medio de tanto tubérculo europeo y gringo enredándose por mi cerebro. Todo esto me pone a pensar, y bueno ¿Yo soy indígena? Yo no soy indígena, pero soy estudiante de una universidad pública, lo cual me ha involucrado en la lucha contra la injusticia.
Así es, nosotros, burgueses o prospectos a serlo, al conocer la realidad del país nos sentimos en un afán heroico de luchar por la justicia que nuestros padres, e incluso nosotros mismos, podríamos estar generando. Nos negamos a esto y nos decidimos a hacer algo, así sea a arriesgar la vida por esos otros, que como en este caso de los indígenas, son unos otros ya bastante lejanos a nuestras costumbres, pero que son nuestros ancestros más arcaicos. Son como mis raíces más profundas. Tan inmersas en la tierra que ni las conozco.
Mis costumbres más lejanas, datan si mucho de los años 50’s, cuando mis bisabuelos eran jóvenes y vivían ya como campesinos, probablemente, campesinos pequeño burgueses.
En el colegio tampoco se me habló mucho de mis raíces indígenas. Me dijeron que somos hijos de la madre patria: España, y yo me pregunté entonces: ¿Y el padre es el territorio Muisca, o la cultura chibcha? ¿Y la pachamama, no es la mamá? No se nos dijo esto nunca: qué son los indígenas para nosotros. Eso quedó en el olvido una y otra vez, igual que ocurre ahora, porque ellos son los OTROS, los indios; y nosotros, los civilizados citadinos, engendrados por la madre patria y luego adoptados, como hijos laboriosos, por los Estados Unidos.
Misión cumplida, territorio totalmente colonizado.
Y me di cuenta de eso y de mucho más. Ellos, los otros, también se dieron cuenta y comenzó la lucha, no sólo desde la movilización que inició a mediados de octubre del 2008, sino desde que se creó el Movimiento Indígena del Cauca, que es el más importante y cohesionado del país. Ellos fueron los primeros en cuestionar el TLC, y así nos han abierto los ojos ante muchos gatos que nos querían hacer pasar por liebres, como las leyes del agua, bosques, páramos, entre otras, que buscan sólo el beneficio de los grandes socios capitalistas que sin vergüenza alguna han convertido poco a poco el campo en un agronegocio. Están robándose lo que nos pertenece a todos los colombianos, bajo la palabra privatización. Ya han avanzado rápidamente con la tierra, y ahora van por el agua, previniendo a futuro que cuando esté escasa nos la puedan vender a elevados precios.
Así fue como me decidí a apoyar esta marcha registrándola para crear un documento que nos hable de esta historia que estos otros, nuestras raíces profundas, siguen construyendo, y me fui de sábado a domingo a convivir con ellos. Llegué con un poco de miedo, pues conozco sobre el peligro de ser parte de los otros, de ser enemiga pública, de ser parte de los que se dieron cuenta ya, de ser, en palabras más actuales, terrorista. Por eso en mi casa nadie quería que fuera, sobre todo porque mis bisabuelos, campesinos pequeño burgueses de los años 50’s, perdieron una finca a manos de los indígenas del Cauca, quienes alegaban que este territorio le perteneció algún día a uno de sus resguardos. De todos modos, y siendo incluso infiel a mis raíces más próximas, me dirigí al campus de mi universidad dispuesta a grabar sobre la marcha y alojamiento de veinticinco mil indígenas de todo el país, en denuncia de los graves atentados que se cometen a su comunidad, no sólo por la pérdida de territorios que hace centenares de años les pertenecieron, sino porque los están matando atrozmente por el simple hecho de denunciar y demostrar que este Estado neoliberal no es garantía para todos. Además, porque ellos denuncian el peligro enorme que tiene este sistema capitalista de acabar con toda la humanidad, pues uno de los planes a futuro, la privatización del agua, no es parte de la trama de una película de ciencia ficción. Es algo real, así como nos han privatizado la tierra, el petróleo, la salud, y muchas otras necesidades básicas, nos privarán del agua. Siendo de todos, pasan nuestros recursos naturales de un día a otro a ser de sólo uno.
Da miedo, mucho miedo el pensar que hoy son sólo unos que se mueren de sed y hambre, y que tal vez mañana seamos la mayoría.
Otro punto por el que marcharon desde el resguardo La María, en el Cauca, hasta Cali, valga resaltar: a pie, fue para detener la firma de el TLC, o Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, con lo que se busca que la tierra sólo sea cultivada por las industrias, en el papel de los grandes feudales en busca de cuatro o seis productos, de los que sólo recibirán beneficio estos hacendados, y haciéndonos dependientes cada vez mayores de nuestro padre adoptivo Estados Unidos, quién nos maltrata severamente sin nosotros poder denunciar ante un Bienestar Familiar o algo por el estilo. Necesitamos independizarnos, irnos de la casa, ser autónomos, y para eso ya tenemos todo desde un principio, sólo nos falta organizarnos en bien de nuestra comunidad, y un gran paso es hacer valer nuestra democracia y exigir que se nos pregunte qué queremos, porque la democracia no es votar una vez y dejar que por cuatro años más un sujeto y un congreso elija qué ocurre con nuestra nación.
Al llegar observé cómo la Universidad del Valle se había convertido en un resguardo indígena. La facultad de artes estaba rodeada por chivas llenas de colores y cargadas de bultos, ollas, mujeres y niños. Las espaciosas zonas verdes se convirtieron en lotes vacíos perfectos para montar un cambuche, poner el fogón de leña y colgar cuerdas para secar la ropa. Y descansaban haciendo contraste al lado de grafitis que evocaban el sexo, la revolución y el arte pop.
No tardaron en quitarse la ropa con el olor respectivo de los días caminados bajo el sol, y de bañarse en el caño que se ha convertido el río Cauca. Tomaron una manguera para incendios y se bañaron justo afuera de la biblioteca en una gran manotada de gente, donde no importaba el tipo ni la edad del cuerpo, pero no se dejó de lado la costumbre que adquirieron probablemente de la madre patria, madre de ellos al igual que nuestra, de cubrir las partes íntimas. ¡Ah, cuánto no hubiese querido meterme bajo el agua de esa manguera! El calor era insoportable, pero me gustaba mi posición detrás de la cámara mirando como quien no mira esos rostros de placer, esos jóvenes que morboseaban a sus generacionales, y esos cuerpos de los otros, oscuros, templados, de senos caídos, cabellos negros y puntudos, ojos achinados y nariz chata.
Fue una buena experiencia, sobre todo interesante cuando se afronta tras una cámara. Un objeto intimidante pero a la vez aliado en esta ocasión. Se notó con las miradas, cuando te echaban un piropo y al voltear con la cámara, el asunto ya estaba olvidado, o con un simple saludo a ella todo mejoraba. Algunos se acercaron a contarme su historia, como el señor que aprovechando la marcha se iba a quedar en Cali a buscar una nueva vida, un desplazado más de esta guerra que se quedaría aquí vendiendo chance, aguantando hambre y viviendo en un barrio donde la guerra de la que huye, lo perseguirá. O cómo la abuela que marchó con sus nietos protestando porque estaba cansada de comer plátano y agua de panela, porque ya no consiguen a quien venderle lo poco que les da su pedazo de tierra: plátanos.
Luego llegó la noche y corría yo cargando cables detrás de Fabricio, un camarógrafo con experiencia. Que Piedad Córdoba, que el alcalde, que el gobernador, que la guardia…agotador el trabajo de reportera, mejor dicho de cargadora de cables. Pero luego todo se recompensó, pues cuando las grandes personalidades se fueron a dormir yo me interné en la rumba que había detrás del edificio de música, sola porque ya Fabricio y Gina, mi compañera, se quedarían aguardando por más flashes informativos. Ahí vi un grupo musical: “Sol Naciente”, unos guambianos que desde Silvia, Cauca, nos traían una sabrosa guaracha andina, y que recordaré por esa canción que sonaba como una de The Doors. Me hicieron bailar un poco, pero me faltó el alcohol, y de no haberlo, al menos no sentirme tan entrometida en medio de tantos otros.
A las once se dio la orden de ir a dormir, y quién no estuviera en su cambuche recibiría un castigo ejemplar: hacer guardia y pasar derecho, pues al día siguiente era la marcha hasta el C.A.M. para reunirse con el presidente.
Llegue con la orden, y también cansada, a dormir en una carpa dentro del canal universitario, donde Gina y Fabricio me esperaban con comida. Mientras cenaba llegó Javier, un muchacho de mi edad que se enfiló como guardia indígena. Le gustaba su misión pero no dejaba de decirnos cuánto le gustaría estudiar. Yo, en medio de mi posición acomodada en la vida, le dije que era fácil porque las universidades públicas brindaban cupos dentro de cada programa académico para personas que vinieran de comunidades marginales como las negritudes y las indígenas como la de él, pero el no estar estudiando no era cuestión de pasar o no unas pruebas de Icfes, el asunto era mantenerse como estudiante, lejos de su casa que le daba el sustento mínimo. Y es que definitivamente burgués eres y burgués serás, difícilmente el círculo se amplía.
Al día siguiente, levantarse tras sólo haber dormido tres o cuatro horas. Al salir del canal ya todos hacían fila con su totumo para recibir su ración de comida para el desayuno y otra vez bañarse a la intemperie, pero esta vez no hacía calor y el día estaba nublado indicando que minutos después caería una tormenta. Y me pregunto cómo sería un día normal en la vida de estos otros. ¿Sería caminar kilómetros, dormir en medio del papá, la mamá, los hermanos, los tíos, los abuelos, los primos, el esposo o esposa, de ser el caso, las cuñadas, y cuanto sujeto tuviera que dormir ahí bajo el mismo plástico puesto con palos en el suelo? ¿Sería bañarse delante de toda una comunidad y usar unos sanitarios de plástico a los que se les salía todo por debajo? en fin, aguantar tanto por algo me dice mucho de estos otros. Tal vez sea porque sufren más que yo gracias a este sistema, o tal vez porque están acostumbrados a sufrir más, simplemente.
Tomaron la avenida quinta, a diferencia de las marchas que hacemos normalmente los estudiantes, tomando la Pasoancho y cruzando para acortar el camino. Ellos no. tomaron el camino largo, pero el que detendría más el tráfico de la metrópolis, por lo cual serían más visibles a la mayoría, que alegaba del acto.
Eran muchos, parecían infinitos. Muchos otros como yo porque se dan cuenta de lo mismo, pero que lo viven diferente.
Llegaron a las 10 de la mañana al lugar que el presidente acordó para reunirse, pero ese día casualmente liberaron a un secuestrado de las Farc, junto con un alto mando de esta guerrilla que se entregó cansado de comer mierda en el bosque. Extraño, sobretodo cuando se sabe que los indígenas marchan también porque la guerrilla les ha matado a muchos, y les ha quitado mucho. Pero esto no se dice, más bien se dice en los medios privados comerciales que los indígenas marchan incentivados por las Farc, así como dicen de todos los que protestan por sus derechos, logrando de un modo inmediato catalogarlos como terroristas, como enemigos públicos.
Y nada que llegaba el presidente. Primero dijo que a las once, luego, tras dilatar hora por hora, dijo que en definitiva no asistiría pues fácilmente se podría fraguar un acto terrorista que lo matara, dejando a Colombia “desprotegida nuevamente”.
Pero ¿cómo así? ¿No se supone que estamos bajo una seguridad democrática? ¿Qué seguridad es esta, en donde ni el que se la inventó y la difunde esta a salvo? Dieron las cinco de la tarde y se escucharon muchos discursos emotivos. El hambre y el cansancio pudo, y la mayoría nos marchamos a casa con el sin sabor de no haber podido enfrentar públicamente a Álvaro Uribe, y de que después de tanto andar los marchantes no pudieran regresar a sus casas, sino tener que caminar miles de kilómetros más hasta llegar a Bogotá, donde no tendría escapatoria.
Así, cuando ya quedaban pocos, llegó el presidente. No lo dejaron subir a la tarima, pues el evento ya no existía, se había acabado; pero se trepó al puente y empezó a decir de esas palabras que siempre dice, y que nadie le ha pedido. De la pequeña multitud, un joven estudiante, seguramente univalluno, le gritaba: maricón. Lo escuche en la radio, ya sin poder regresar, al igual que muchos que le hubiéramos querido decir más que maricón.
Ya aquí terminó mi experiencia, volví al campus-resguardo a grabar la partida de los otros hacia Bogotá unos, y otros hacia su casa, para descansar y después alternarse con los que habían continuado.
Los de la guardia aún quedaban, y rodeados de chicas, entre esas yo, nos brindaban aguardiente mientras nos contaban sus historia de lucha contra el Esmad, como encantando doncellas. “A mi esos gases que echan los policías no me hacen nada, eso parece humo de cocina”, decía entre carcajadas Rodrigo, un guerrero indígena con un dedo colgado y un ojo ido tras las batallas.
Esa mañana vi también partir en las chivas a la abuela y sus nietos. Le pregunté su nombre y no se atrevió a decirlo ante una cámara.
Eso fue lo último que supe de ellos. Ni los medios, ni nadie me volvió a hablar de “Marchando La Palabra”, bello nombre de esta protesta. Todos lo olvidamos, pero ellos siguen subiendo cordillera para llegar a la casa de Nariño, vivienda de los presidentes colombianos. Seguramente se hospedarán en la Universidad Nacional, donde ya no tendrán el inclemente calor del Valle, sino el implacable frio de la sabana de Bogotá. Donde otro grupo de estudiantes como nosotros, apoyarán su lucha y los alojarán en su campus.
Sólo hay que dejar que el tiempo pase, que llegue alguien nuevo al poder y se pase la justicia a un polo, y la resistencia al otro.
Por lo pronto sigo tomándome este vino navideño y esperando ansiosa por la edición de los veinticinco casetes que grabamos mis compañeros y yo sobre estos acelerados días.
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