David Leandro Palomino Salcedo Cod: 0633156
Mónica Irina Romero Guerrero Cod:0639035
UNO O DOS
Una noche de octubre Juan Carlos Molina, un joven estudiante de ingeniería electrónica de
Cuando despertó, gracias a un baldado de agua helada en su cuerpo, estaba en la estación de policía del limonar, al menos eso le dijo el policía que lo acababa de mojar. Se hizo en un rincón, tenía guayabo, y le preguntó a otro detenido cuándo iban a salir. Este le respondió que de pronto más rato. Unos minutos más tarde, ya un poco más despierto, empezó a tratar de recordar cómo había llegado a parar ahí. Por qué lo habían detenido. Lo ultimo que sabía era que estaba en la universidad con sus amigos. Pero fracasa, no recordaba nada.
Un par de horas después, un policía llamó a los borrachos que capturaron la noche anterior. Juan Carlos se levantó y se dirigió hacia la puerta de la celda pero el policía lo retuvo.
-Párela en seco papito que usted no sale.
-¿Cómo así señor agente?
-Si mijo, a usted le toca esperar es al fiscal.
-¿Fiscal? Pero, ¿por qué?
-¿No se acuerda del muñequito de anoche mi viejo? A usted le toca responder por él.
-¿Muñeco? ¿De qué me está hablando?
-Ahhhh hombre, que no va a salir, espere al fiscal.
Cuando le dijo esto, el policía lo empujó de nuevo hacia la celda. El cayó y se mantuvo pasivo hasta que en la noche de ese mismo día llegó el fiscal para interrogarlo.
A Juan Carlos lo sacaron de la celda y lo llevaron hacia una puerta gris en el fondo en la que había un letrero que decía “Sala de Descargos”. Cuando entró vio que era un salón pequeño con una mesa en el centro y unas sillas a cada lado. El fiscal estaba ya sentado, tomándose un café, con el maletín sobre la mesa y muchos papeles regados. Este lo saludó de manera muy formal y le ofreció una documento con letra pequeña y una pluma 'parker' que parecía gastada. Juan se sentó frente a el fiscal y mientras estaba leyendo de qué se trataba el escrito, él le comentaba que necesitaba que firmara para que las cosas se resolvieran rápido. Pero Juan Carlos se dio cuenta de que le estaba pidiendo que firmara una confesión por haber matado a una persona. Por supuesto, se negó rotundamente a firmar eso y, aun confundido, preguntaba por qué lo estaban acusando a él si era inocente, suponía.
El fiscal se mostró decepcionado al ver la negativa de Juan Carlos y le advierte que si no firma se va a podrir en la cárcel por el resto de su miserable vida. Dicho esto, los policías lo llevaron de nuevo a la celda, pero a una separada de los demás presos regulares.
Se sentó en una esquina, aun sin poder creer lo que le había pasado. Comenzó a observar la celda de al lado y vio que los presos estaban hablando azarados, fuerte y rápido. En medio de la algarabía uno de los presos empezó a convulsionar de manera violenta. Todos empezaron a gritar por ayuda hasta que llegó uno de los policías encargados, con cara de novato, a ver que estaba sucediendo. Al ver el espectáculo, abrió rápidamente la puerta y al instante fue capturado por los demás presidiarios. Algunos salieron corriendo a capturar a los demás agentes de policía. Cuando tomaron el control de la estación, llamaron por radio a las demás estaciones para exigir a los medios de comunicación que se presentaran de inmediato en esa estación. Demandaban un trato justo y digno en las cárceles nacionales y no iban a soltar a los rehenes hasta que se cumpliera lo que estaban pidiendo.
Juan Carlos vio todo el caos que lo estaba rodeando y llegó a la conclusión de que era la oportunidad perfecta para escaparse de ese infierno. Se salió de su celda, caminó hacia la puerta y uno de los presos le preguntó por qué se quería ir, si era que no estaba de acuerdo con la lucha que estaban protagonizando los demás. Juan no le respondió nada. Bastó solo con su mirada de borrego degollado para que el presidiario lo dejara salir. En cuanto puso el pie en la acera, salió corriendo como nunca lo había hecho en su vida, como alma que lleva el diablo. Se desplazó por media cuidad sin parar un instante, hasta que llegó a su barrio, El Vergel.
Ya era bastante tarde en la noche cuando vio a lo lejos su casa. Decidió no entrar por la puerta principal, sino que se trepó por el techo de la casa vecina y cayó en el patio de su hogar. Su madre, que aun no se había pegado el ojo por la preocupación de tener a su único y bastardo hijo perdido, salió a ver cuál era el ruido que sonaba en el patio. Con lágrimas en los ojos reconoció que era Juan Carlos y salió histérica a recibirlo, con ganas de pegarle por haberla hecho sufrir en su ausencia. El la cayó explicándole por encima qué le había pasado. Ella no comprendía bien pero se calmó, aunque dudaba de las explicaciones de su hijo. De repente sonó el timbre de la puerta, y ambos se quedaron cayados como si se hubieran leído el pensamiento. Sonó de nuevo, esta vez acompañado de gritos y azotes incesantes, anunciando finalmente que se trataba de la policía. Juan Carlos asustado se trepó nuevamente por el techo vecino y salió cuidadosamente agachado hacia el parque del barrio. Mientras tanto los policías estaban amenazando a su madre. Le decían que si no entregaba a su hijo a ella le tocaría cargar con la responsabilidad de un asesinato. Pagaría cárcel si no colaboraba. Ella negaba constantemente saber algo del tema y estaba a punto de llorar. Los oficiales simplemente se fueron dejándola advertida.
En el parque, estaba un grupo grande de pandilleros en las bancas cerca de la calle. Juan Carlos iba temblando y sudando, y se notaba la expresión en su rostro de terror y angustia. Cuando los vio desde lejos, sin pensarlo dos veces, corrió en dirección contraria. Ellos se percataron de su presencia y lo persiguieron hasta encerrarlo en un callejón. Entonces comenzaron a golpearlo brutalmente sin razón aparente. El gritaba de dolor e impotentemente intentaba arrastrarse por el suelo lejos de sus atacantes, hasta que uno de ellos lo agarró por el pantalón, y le dio un golpe en la boca para callarlo.
-Maricón ¿qué haces acá? ¿no estabas en la cárcel perro hijueputa?
Juan Carlos estaba asombrado y no podía responderle nada.
-¡Habla gonorrea, decí algo!
-Este huevón ya nos sapió, nos toca echarnos a perder- comentó otro pandillero.
-Ni mierda hijueputa, contanos pues que pasó.-Le reclama el primero.
-¡Yo no hice nada!- Responde Juan Carlos
-¿Con quién nos sapiaste hijueputa? Esta la pagas caro...
-No, si yo ni firmé lo que ese man me estaba pasando, yo no he sapiado a nadie.
Los dos pandilleros se calmaron por un momento y empezaron a hablar entre ellos. Luego uno de ellos se devolvió y lo amenazó con que si no se iba del barrio iban a matar a su mamá.
Juan Carlos, en un dilema moral entre dejar a su madre sola o salvar la vida de ambos decide huir para nunca más volver.
Mucho tiempo después, Juan Carlos tenía una vida decente como cargador en una bodega de abarrotes en la galería Alameda. Vivía en una pieza humilde y hasta estaba interesándose por la muchacha que vendía 'chances' cerca a su trabajo. Un día después del trabajo la señora arrendataria de la pieza donde vive le comentó que alguien lo estaba esperando en su cuarto. El dudó en entrar pero se llenó de valor y lo hizo. Abrió la puerta lentamente para ver quién estaba ahí y de inmediato reconoció la voz de su mejor amigo, Diego. Lo abrazó con todas sus fuerzas y se sintió muy nostálgico. El lo esperaba con una botella de brandy 'Domec', como la que tomaban cuando apenas entraron a la universidad. Juan le contó todo lo que ha vivido los últimos seis meses, su paso por la cárcel y su fuga, la pelea con los pandilleros que lo amenazaron, el muerto que no recuerda haber matado,lo triste que estaba por su madre. Diego lo interrumpió para aclararle qué pasó la noche de su “desaparición”. Le dijo que él lo vio salir solo de la universidad y pensó que estaría bien, ya que en ocasiones anteriores, si estaba muy borracho siempre sus amigos lo acompañaban hasta su casa, pero como salió solo todos asumieron que estaba bien. También le dio una noticia muy grave. Los pandilleros que lo amenazaron en aquel entonces, ahora estaban apoderándose del control del barrio en donde vivía su madre. Juan estaba preocupado y bastante inquieto. Se despidió de su amigo y prometió estar en contacto con el. Desde que Diego le dijo eso empezó a pensar en su cabeza cómo iba a sacar a su mamá de ese sitio tan peligroso.
El día siguiente transcurrió muy normal. De camino a su casa sonó su celular, era Diego.
-Parce, ay no. Usted no me va a creer esto. Carlos, mataron a su mamá.
-¿Qué? ¿Cómo así? ¿Quién?- Le respondió Juan Carlos con una voz quebrada a punto de llorar.
-Pues si, mire la cosa fue así. Los hijueputas esos de la pandilla se metieron a robar a la casa de su mamá, entonces ella los pilló y amenazó con llamar a la policía, entonces ellos por no calentarse le metieron cinco tiros y pues ella se murió ahí, desangrada.
-No, no, no, no me diga eso parce, no. No lo puedo creer, ¡maldita sea mi vida! Si yo hubiera estado con mi mamá hasta de pronto no pasa eso. ¡Jueputa!
Juan Carlos estaba totalmente destrozado. No pudo controlar las lágrimas que salían de sus ojos y mojaban el puesto que estaba a su lado. Se bajó después de unos minutos, y enceguecido por la ira tomó otro bus y se dirigió hacia El Vergel para poder sacarse de su corazón todo ese odio que lo atormentaba.
Al llegar, comenzó a caminar rápidamente, casi sin respirar, solo pensando en cómo deseaba matar con sus propias manos a los asesinos de su madre, a los que le jodieron su vida, a los que cambiaron para siempre su manera de ver el mundo real. Mientras más de adentraba en el barrio más sangre bombeaba su corazón por su cuerpo. Iba tan concentrado en sus pensamientos que no notó lo que estaba pasando a su alrededor. Estaba caminando cerca de un caño, en donde unos niños se encontraban jugando con una pistola. Bang gritaba uno, bum gritaba el otro. De pronto sonó un disparo real. Los niños habían dejado caer la pistola al suelo y esta se disparó.
Tomó un segundo para que la bala atravesara, a mansalva, la espalda de Juan Carlos, quien seguía caminando sin haberse percatado de lo sucedido. Caminó unos pasos más y no entendía por qué su cuerpo se detuvo. No comprendió porqué cayó al suelo y cerró sus ojos. Jamás supo qué le arrebató de las manos su deseo y su existencia. Al día siguiente, dos ataúdes eran cargados por hombres serios y mujeres inconsolables. Dos ataúdes y no uno se desplazaban por el barrio entero para que todos a su alrededor observaran, de lejos, la ausencia de aquellas almas marchitas, perdidas para siempre sin haber logrado los anhelos de sus corazones. Jamás supo qué le arrebató de las manos su deseo y su existencia.
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