sábado, 10 de enero de 2009

Olor De Verano (David García)

“Dijiste que querías una revolución hombre, pues yo digo que estás lleno de mierda… Somos adolescentes desechables.” Marilyn Manson.

En la Universidad del Valle, cada uno de los estudiantes no es más que un número, una cifra, una entrada de dinero con un código que lo acompaña. No existen como humanos, sino como estadísticas y datos variables. Sin embargo, existen algunos personajes que les encanta llamar la atención y de manera paradójica, cuando lo hacen se tapan la cara para no ser reconocidos.

Los estereotipos más frecuentes que nos imponen a los que estudiamos ahí siempre son los de marihuaneros y de tira piedras. Pero es absurdo pues los que tiran piedras son un grupo particularmente pequeño y que no representa para nada los ideales de todos los estudiantes, pues casi actúan de manera privada. En cuanto a las drogas, pues pertenezco a un grupo incluso menor, una minoría mundial, un espécimen raro que no consume drogas a pesar de encajar con el estereotipo de drogadicto, depresivo, un poco suicida y ligeramente trastornado.

Después del medio día, específicamente después del almuerzo en la cafetería central, empiezan a escucharse los primeros avisos de la inminente pelea entre encapuchados y policías, casi como un ritual sagrado, un aviso de guerra. Como tambores van sonando las bombas, aturden mucho más que un rayo y cada vez que una nueva explota, todo se pone en cámara lenta por dos segundos, la gente se paraliza.

Las hojas toman un color más amarillento y el aire se pone muy delgado, ni siquiera se sienten las corrientes rozar la piel. Y ahí estoy yo, mirando hacía el horizonte, solo, absolutamente solo, rodeado de cientos de estudiantes eufóricos que esperan el momento en que comiencen a pelear. Algunos se quejan de la que las cosas no van a cambiar por unos tipos disfrazados tiren bombas en las calles y otros simplemente sienten el deseo inamovible de acercarse cuanto sea posible a la pelea y vivirla de primera mano, estos personajes son simpatizantes de algunas causas revolucionarias que proclaman los capuchos. Yo soy un ser ligeramente más egoísta, y a la vez altruista. No creo que ellos tengas la razón, pero tampoco el estado, pero mucho menos yo. Soy poco más que nada.

Finalmente da inicio el tan esperado enfrentamiento. Cientos de estudiantes se aglomeran enfrente de la portería vehicular, simplemente como espectadores, unos aplauden y cantan, y otros se sienten como en una sala de cine viendo una película de acción. Cada unos minutos una lata de gas llega lejos y crea una estampida humana de jóvenes, pero vuelven minutos después y continúan mirando. El olor llega a recorrer grandes distancias, y alcanza a Banderas, el lugar donde se reúne la casta de viciosos. A veces es tan penetrante aquel olor, que ni siquiera el acido humo de la marihuana logra disuadirlos de quedarse, por lo tanto les toca irse.

Cada dos semanas es la misma situación, a veces cambia la regularidad, y son dos veces por semana, o pasan un mes sin hacer nada. Nada nunca cambia.

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Las ultimas dos peleas han sido realmente brutales. Los heridos de ambos bandos son muy frecuentes, y cada vez más graves. Y las horas que duran peleando se incrementaron de manera alarmante, casi 10 horas y obviamente, ahora cuentan con más participantes. La de ayer, fue una masacre absoluta. Los capuchos salieron a enfrentarse, y los estudiantes detrás como siempre miraban, había casi mil personas. Las bombas retumbaban una y otra vez, pero la policía nunca llegó. Después de dos horas de haberse tomado el poder de la calle, la gente se encontraba confundida. De la nada, miles de soldados empezaron a rodear a los insurgentes que estaban en la calle, armados hasta los dientes, y empezaron a disparar indiscriminadamente y a tirar granadas, como en un campo de guerra cualquiera.

Los estudiantes caían al suelo, simplemente dejaban de moverse. En 37 minutos del comienzo de la operación “limpieza”, denominada así por como nombre clave, ya no había ni un solo hombre, no soldado de pie. La mayoría de los cadáveres eran irreconocibles, completamente destrozados por la ráfaga de balas, pero saltaba a la vista que todos eran jóvenes, ninguno estaba en condiciones de defenderse de tan brutal ataque.

Los militares empezaron a marchar por el campo, en busca de sobrevivientes, y de vez en cuando, se escuchaban disparos, todo era para asegurarse de no ser atacados como venganza luego. Los testigos fueron muy pocos, algunos de los que miraban la pelea sin participar alcanzaron a huir, y se encargaron de contar lo que pasó, pero realmente a fin de cuentas, la verdad no sirve de nada.

La versión oficial en los medios fue que hubieron guerrilleros que hicieron de una protesta rutinaria, una batalla peligrosa para el resto de los ciudadanos y no hubo más remedio que atacar con todos los recursos disponibles.

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Mientras hacían las labores de limpieza, en la mitad de la esa misma noche, fue que todo “comenzó”. De la pila de cadáveres, hubo uno que se puso de pie. Inmediatamente los soldados reaccionaron, y dispararon hasta tumbarlo, pero de otra parte, otro se puso de pie y de nuevo dispararon. Por cada uno que tumbaban, 3 más se levantaban. Poco a poco se fueron acercando hacía sus armados atacantes, y muchos no parecían ser afectados por las balas. Un ataque de mordidas iba matando uno a uno los milicianos que estaban ahí. Una vez muerta su victima, proseguían a la siguiente. Segundos después de morir, se volvían a poner de pie y se unían a los otros en su aparente hambre por carne humana viva.

Esto pasó hace una semana. En este momento, las calles de la ciudad están desoladas, todo ápice de vida parece haberse esfumado. Solo el olor putrefacto se siente en el aire, la carne se ve esparcida y colgando de todas partes. Los pájaros carroñeros son los únicos que aun hacen ruido y no se atreven a acercarse a comer. Hasta ellos desprecian esa carne. Al parecer, casi todos los habitantes se han vuelto uno de ellos.

Son lentos, muy lentos. Algunos caminan con mucha dificultad, todo depende de las heridas que provocaron su muerte. Pero en general, no son un riesgo si uno se enfrenta con uno solo frente a frente. Correr es la mejor opción, aunque “matar” a uno de ellos, o mejor dicho, volver a matar uno de ellos es sencillo, su cerebro es el que los controla y si se daña mucho, dejan de funcionar. Los pocos que sobrevivimos, se lo debemos a nuestra cobardía y egoísmo, pues no hemos intentado hacernos los héroes salvando a damas en peligro. En el momento en que los cadáveres empezaron a levantarse, todo lo que conocía como bueno o malo, mis preceptos de sociedad y de la razón quedaron desechados, el único procedimiento saludable a todo era la autoconservación. Al comienzo, pensábamos que en grupos grandes de personas estaríamos a salvo, pero pronto el número de los no-muertos llegó a ser mayor que el de los vivos, y pronto, el aislamiento y el sálvese quien pueda se volvió ley.

El trabajo en equipo de esas criaturas era simplemente asombroso, respondían al menor estimulo de sonido o visual. Siempre deambulaban despacio, pero al escuchar a alguien, todos los perseguían sin esperar un segundo. No había duda en su carácter, parecían maquinas perfectas, siempre haciendo lo que se supone deben hacer, sin cuestionar su existencia ni su propósito. Al parecer, su único interés en la carne es cuando está viva, una vez su victima muere desangrada, todos se paran y se van. Eventualmente el muerto se pone de pie y se vuelve otro de ellos.

En mis limitadas búsquedas por alimentos, me he enfrentado a varios de ellos. He descubierto en mí una sed de sangre, disfruto mucho matando esas cosas pero por cada uno que mato, 10 más aparecen en la vuelta de la esquina, por eso es mejor esperar que el sol descomponga los cadáveres, pues están pudriéndose por la falta de vivos que comer.

Vivo en el último piso de un edificio residencial, en la terraza de algún riquillo que probablemente murió intentando salir de la ciudad, pues antes de que se cortara la energía, escuché por radio que ya habían alcanzado ese lugar aquellas bestias, y al parecer los aviones despegaron vacíos. No sé cómo estará el resto del país, pero es cuestión de tiempo antes que esto se expanda y devore todo el mundo.


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CNN: ¡Última Noticias!

Las fuerzas armadas de Colombia, en un intento desesperado por detener a unos estudiantes revolucionarios de la universidad del valle con ayuda de las FARC, que habían tomado el control de la ciudad de Cali y masacrado brutalmente a la mayoría de los ciudadanos, hicieron detonar una bomba de Hidrogeno que voló la ciudad y sus alrededores. Al parecer no quedó un solo sobreviviente. La comunidad internacional apoyó la decisión tomada por el presidente Álvaro Uribe y a la vez, lamenta que se haya tenido que llegar a estos extremos…

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