miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Sujeto Con Los Ojos Peculiares

Versión Al Estilo Hitchcock


Mi vida se desperdicia en dos espacios, básicamente, la universidad y mi casa. En ocasiones se me considero un genio, y en la época del colegio, parecía serlo. Pero las notas opinaban lo contrario. Situación que no cambio mucho en la universidad.

En un principio de la vida universitaria, todo se veía distinto, y el viejo ideal del marxismo comenzaba a tener sentido para mí. El segundo semestre mi espíritu social crecía a velocidades altísimas, y como muchos otros estudiantes, creía que el socialismo era la solución a los problemas del país. Eventualmente me vi terriblemente decepcionado de esto, pues partir del presupuesto que todos los seres humanos somos iguales, es simplemente risible, pues es obvio que el pueblo es una masa temerosa y estúpida, que no es capaz de reflexionar. A final de cuentas, me di cuenta que había algo distinto, algo que me hacía mejor que todos, y era que yo podía pensar, sabía como hacerlo, mientras que ellos no.

Durante un par de años, cada jueves, o el día que le diera la gana al baboso que organiza los tropeles en Univalle, de enfrentarse a la policía, yo simplemente emprendía una caminata considerablemente larga para salir fuera del peligro que implicaban estas peleas. Bombas se escuchaban, y el humo se levantaba lentamente en dirección a las nubes. Y hay que admitirlo, siempre es un evento digno de ser admirado, pero altamente arriesgado.

Hace un par de semanas, como es costumbre, empezaron a detonar sus pequeñas bombas, que no suenan tan pequeñas. El estallido dejaba mis sentidos adormecidos durante un segundo y luego, llegaba otra explosión que lo acompañaba. Los salones empezaron lentamente a vaciarse, y los estudiantes empezaban a dividirse entre los valientes de siempre, que se quedaban a ver la pelea junto a la portería, y los cobardes que buscábamos refugio lejos de allí. Mientras avanzaba en mi lenta caminata, aun escuchaba los gritos de lucha de los encapuchados, aunque jamás entendí qué demonios decían. Pero como iba diciendo, mientras caminaba, vi acercarse a 3 de estos tipejos con capuchas y se detuvieron frente a mí, por un segundo. Uno de ellos me miró a los ojos, y noté cierta familiaridad con el tipo, pero inmediatamente después, continúo con su camino. El episodio aunque algo peculiar, no hubiese sido tan importante, pero con lo que pasó luego, tomaría una relevancia muy alta en mi futuro no tan lejano.

Al otro día, me desperté a las 7 de la mañana, como un día normal para bañarme e ir a estudiar. La comida a esas horas de la madrugada, me repugna, así que siempre salgo sin desayunar. A dos cuadras de mi casa, tuve la extraña sensación de ser observado, y a pesar de ser un paranoico empedernido y estar acostumbrado a la sensación, en esta ocasión, me encontraba mucho más inquieto. Mientras me subía al bus y pagaba el pasaje, miré por la ventana, y alcance a ver la sombra de una persona, pero era solo una sombra para mis ojos, que se perdió cuando el chofer me devolvió $500 y miré mi mano para confirmar que no había sido estafado. Para el momento en que volví a buscar con los ojos la sombra, ya estábamos lejos y los carros de atrás me bloqueaban.

Aquel día en siguió siendo normal, nada nuevo, los mismos profesores cuadriculados de siempre, los mismos compañeros con delirios de grandeza aun mayores al mío y para rematar, las mismas notas paupérrimas que siempre completaban mi día perfecto.

De nuevo yendo hacía mi casa, en el bus, siento que me miran. Está lleno de gente, y no veo a nadie que se vea sospechoso, así sospeche de todos, incluso del bebé que tiene una señora cargado. Tengo que decirlo, tenía miedo, pero no tenía ni la más remota idea de qué. En cuanto me bajé, me sentí aliviado, pero fue en ese instante en que tres sujetos me acorralaron. Y de nuevo, uno de ellos se me paró enfrente y me miró a los ojos, eran los mismos ojos que había visto el día anterior entre trapos, el encapuchado de la universidad, y al parecer, sus dos mismos secuaces.

El sujeto me dijo que fuéramos a otro lugar para hablar, la curiosidad me embargaba y el miedo también, pero accedí a irme con ellos. Caminamos media hora hasta llegar a una panadería, y allí me condujeron hacía la parte de atrás, algo así como una bodega. A penas entré, me recibieron con un golpe en el estomago, y luego, ya en el piso por el dolor, otros pies me recibieron a patadas. Cuando desperté, estaba amarrado a una silla, y una lámpara colgante me alumbraba el rostro, “¡muy cliché!”, pensé, pero le daba un toque mágico a la situación. Frente a mí, estaba el único rostro que reconocía, pero eran sus ojos los que me intrigaban. Él discutía con otro sujeto más alto y fornido, pero no lograba entender mucho, supongo que estaba aturdido por tantos golpes. Pasaron 3 horas en las que intenté reflexionar cualquier posibilidad para la que yo esté en ese lugar en tal estado, pero nada tenía sentido, termine pensando que tenía que ser algo con la identidad de los encapuchados. Creerían que los reconocí, y querían protegerse, e intimidándome lograrían hacerme callar.

Al otro día me desperté en mi cama, con varios moretones y muy confundido, pero me sorprendía el hecho de estar a salvo, si ya había aceptado que mi muerte sería a manos de unos desconocidos en una bodega vieja de una panadería de barrio.

No fui a la reportarlos con la policía, no encontraba la relevancia de hacerlo, pues conociendo un poco el sistema judicial del país, saldrían libres al otro día.

Tomé un cuchillo viejo y oxidado que estaba en el patio, y le saque filo. Me encontraba muy aburrido, y simplemente actué sin pensar.

Lamento lo que pasará a continuación, pues nacida del mundo absurdo es mi mente también. Fui a la universidad y encontré al tipo de los ojos. Le seguí hasta el baño. Y esperé que hiciera su asunto, no quería untarme de orines. Saque el cuchillo, y lo acorralé por la espalda, y por lo hice besar la hoja oxidada cortándole medio cachete. Luego procedí a preguntarle el por qué de lo que me había hecho, a lo que respondió con un simple, “nos equivocamos de persona”. Desafortunadamente no me sentí satisfecho, y le volé una oreja, sólo para demostrarle que no era el único con sed de sangre… pensé en matarlo, pero no me sentía con ganas, así que busque a los otros que estaba con él. No me costó mucho, pues descubrí que el tipo, Manuel, era muy colaborador después de un par de golpes y cortadas, y me dio nombres y hasta un poco de dinero.

Manuel después de todo era un buen chico, él pensó que yo era quien le había robado la novia, pues mi descripción encajaba mucho con la que tenía del otro. Pero cuando me quitó la billetera mientras estaba inconciente y vio mi nombre, descubrió su error, asustado decidió amenazarme para protegerse y siguió golpeándome junto con 3 amigos más hasta la noche. Cosa que no recordaba, pues resultaron buenos golpeadores y me dejaron amnésico unas horas.

Encontrar al segundo dormido detrás de la biblioteca, se me hizo muy aburrido, pero igual, necesitaba desahogarme, así que le corté un dedo para despertarlo. Pero no quiso pelear, lloró mucho así que lo dejé ir, para poder cazarlo. La golpiza jamás la olvidara, cada vez que intente tragar alimentos sólidos, pues me divertí con su traquea.

Los otros dos no fueron más que una extensión de los otros. Y habiendo terminado mi pequeño capricho, opté por algo distinto. Volver a mi vieja rutina. Estaba seguro que ninguno de ellos me demandaría, a fin de cuentas, ellos hicieron algo peor. Lo que me atemoriza ahora es mi incapacidad de emocionarme con las cosas. Ni asco, ni placer sentí, a parte del dolor, nada más pasa por mis venas.

Por lo menos ahora, tengo un par de ojos extra, unos que vi por primera vez en medio de unos trapos, y me hicieron sentir profundamente inquieto y fascinado. Los guardo en un tarro de formol junto mi cama y a veces cuando me miran, siento la misma ansiedad que sentía al principio mientras me seguían en la calle…


David García Tejada

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